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Donantes (ESP, SLO, ENG)

Donantes, a tale by Andrea Centeno

Donantes

Andrea Centeno

Desde niño elijo las cosas por sus perfumes más que por cualquier otra cualidad. Mamá cuenta que ella ponía fin a mis llantos desconsolados acercándome un pañuelo con perfume dulzón, que devoraba los helados de vainilla por ser el sabor más rico en esencias olorosas artificiales. Y cuando crecí me incliné por los jazmines más que por otras flores pretenciosas y coloridas, como las orquídeas o las amapolas que no tienen olor a nada.

Soy capaz de identificar los tipos de chocolate con los ojos cerrados, apenas oliéndolos. Hasta puedo asegurar sin equivocarme si se trata de chocolatada caliente o fría. De limón o limonada. Y lo mismo sucede, claro, con cualquier otro tipo de fragancia envasada, de la que puedo detallar sus ingredientes sin errores. Incluso me enamoré de Marcos, que dista años luz de ser un adonis, por el aroma del gel de su pelo.  Su transpiración es inexplicablemente con olor a dulces, como aquel trapo de mamá. Ya su piel es inodora. Él bromea con que el día que la acidez de su sudor lo traicione o cambie de gel capilar se terminará mi amor. Puede que tenga razón.

            Por eso me sentí tan mal en aquella sala de espera, maloliente a desinfectante barato y semen añejo. Las deudas se habían abultado tanto que resigné casi toda la dignidad y acudí a la clínica con la esperanza de que sería por única vez. Al menos, lo hice con la frente alta: en lugar de disfrazarme de hombre, tal como había aconsejado un amigo, fui con mi vestido verde predilecto, sobre los tacones rojos estilo Dorothy Gale, que aún pago por mes. Como a la cartera, al tono, para combinarlos.

            La enfermera, petisa, con bigote y la camisa muy abierta para las 8 de la mañana —y en ayunas—, me recibió con una sonrisa impostada que mutó en una mirada cómplice al ver en mi DNI que no era Noelia, Bety o Priscilla y sí César Roberto Gutiérrez.

—¿Es donante?

—Sí, es mi primera vez.

—No será la última —sentenció.

Sin permiso, pegó sobre la seda verde, a la altura de mis tetas armadas con pares de medias hechos bolas bajo un corpiño de encaje morado, una etiqueta adhesiva enorme. César R. Gutiérrez. Me entregó una revista, una planilla en la que debajo de mis datos filiales debía jurar con firma y aclaración que no tenía HIV, no había padecido hepatitis B, sífilis ni enfermedades transmisibles y que era menor de 50 años, un frasquito con números y rayas que luego marcarían el nivel del líquido todavía inexistente, dos toallitas humedecidas. Y ordenó que me sentara, junto al resto de los hombres y esperase.

Todos parecían nerviosos, con zapatos ordinarios de cuerina, sin pretensiones siquiera de fingirse cuero ecológico, y puntas aparatosas. Cada uno con su nombre en el pecho. Javier E. Roldán, Lionel Olmedo, Pablo López, Horacio M. Ferrez… Sé que ellos me observaban. ¿Qué hace una mujer esperando para auto provocarse que millones de espermatozoides salgan de su cuerpo directo a un frasco medidor? ¿Cómo lo hará? Imagino que preguntas de ese tipo los distrajeron de sus esfuerzos por concentrarse. Sé también, no soy ingenuo, que para algunos pocos mi presencia fue colaborativa.

 Abrí la revista y solo encontré mujeres de piernas bien abiertas, depiladas, pechos ridículamente exuberantes, lenguas femeninas entrelazadas, gestos paranormales. Nada de miembros masculinos, abdómenes surcados ni traseros musculosos… nada de hombres. Me entretuve leyendo los pechos varoniles de los presentes, peludos algunos, blandos y grasosos otros, todos carentes de seducción. Buscaba inspiración, tenía quince minutos para ganarme el pan. O volvería a casa con las cuentas sin pagar.  

Hasta llegar al único que no tenía ni una pelusa en el pecho que asomaba bajo una camisa cuadrillé pequeño ceñida al cuerpo, de cuyo cuello colgaba una cadenita dorada que brillaba como un puñado de arena sobre el granito. No tenía etiqueta que delatara su nombre. Instintivamente llevé la mirada a su cara. Precioso. Ojos enormes y claros, nariz recta, mentón bien definido y rulos castaños enmarcándolo todo. Solo restaba que se llamara David. Sentí que la falda del vestido se abultaba e inmediatamente hice que la cartera, que hasta entonces colgaba de mi hombro, descansara sobre mi entrepierna. Estaba sentado y el desconocido estaba clavado en su teléfono móvil como si no hubiera más que esa mini pantalla en el mundo. Sería fácil pasar desapercibido. Lo mejor es que ya estaba estimulado. Solo debía reprimir mi impulso hasta llegar al box y hacer puntería en el recipiente con numeritos.

—Tengo una noticia desagradable. No tenemos agua desde ayer, así que intenten no ensuciarse demasiado las manos. Son dos toallitas por donante. No habrá más, pero si precisan más revistas, hay decenas para iluminarse en cada uno de los gabinetes. Tienen, en promedio, quince minutos para eyacular. No más de veinte. Hay que lograr acumular tres mililitros para recibir el pago. Si juntan cinco mililitros, habrá un extra de 50 por ciento sobre el valor anunciado. Si hay más, habrá también aplausos. Pueden pasar de a cuatro, es solo atravesar la cortina de tela. ¡Por favor, no la toquen al regresar! —instruyó la enfermera bigotuda con ritmo de instrucciones de azafata. Más que un estímulo individual era una baja de moral colectiva.

Cuando la petisa dio media vuelta para volver a sentarse, el David cobró vida y se acercó a mí. Extendió el brazo y me dio sus toallitas humedecidas. Llevaba un saco de pana verde oscuro —elegante— sobre la camisa, con un detalle bien oliente en el ojal.

—A mí tampoco me gustan las chicas de las revistas —dijo. Sonrió y la sala de espera se transformó en los alrededores del Duomo de Florencia. Imposible no sucumbir.

—Gracias. Soy César —dije y estiré mi mano que él estrechó con suavidad.

—Sos hermosa —dijo. (Me gustó que usara el femenino) La cartera sobre mi entrepierna se movió levemente.

—Quedate con las toallitas, también vas a necesitarlas —dije con voz trémula.

—Tengo un paquete, la semana pasada tampoco había agua y la anterior, igual…

—¿Venís todas las semanas?

—Casi, siempre que me siento solo. No me gusta desayunar a solas en casa y aquí, luego del servicio, sirven uno de los mejores desayunos del barrio. Vivo a dos cuadras.

—Creí que solo compraban una vez al mes a cada prestador.

—No vengo por dinero. Lo mío es casi altruista. Soy donante, lo hago gratis. Sueño con que un hijo mío ande por el mundo, feliz —dijo entusiasmado—. Siguió: —No salgo con mujeres, no tendría otra manera de tener un hijo que no sea anónima…

—Si venís seguido, debes de tener varios hijos por allí. A mí no me interesa la cría y a mi marido tampoco. Solo vine por las deudas y ni sé si podré hacerlo. ¿Es fácil? ¿Cómo te inspiras para dejar sí o sí los tres mililitros? ¿Qué pensás? ¿En quién pensás?

El hombre cuyo nombre no conozco volvió a sonreír y esa mueca me acarició entero. Mientras intentaba el disimulo, él se quitó del ojal una de las flores más dulcemente perfumadas que ya olí y atravesó la cortina. Lo evoco hoy, mientras huelo las páginas del libro que guardan las pétalas.


Darovalci

Andrea Centeno


Že kot otrok sem bolj kot zaradi katerih koli drugih lastnosti izbiral stvari na podlagi njihovih vonjav. Mama pravi, da je mojemu srčnemu joku naredila konec tako, da mi je prinesla robček s sladkim parfumom, ki je dišal kot vaniljev sladoled, ker je bil najbogatejši okus v umetnih dišečih esencah. In ko sem odrasel, sem se bolj kot k drugim pretencioznim in pisanim rožam, kot so orhideje ali mak, ki nimajo vonja po ničemer, nagibal k jasminu.
Vrste čokolade lahko prepoznam z zaprtimi očmi, samo tako, da jih zavoham. Brez napake lahko celo določim, ali gre za vročo ali hladno čokolado. Limona ali limonada. In enako se seveda zgodi s katero koli drugo vrsto ustekleničenih dišav, katere sestavine lahko brez napak podrobno opišem. Marcosa, ki je svetlobna leta od tega, da bi bil Adones, sem vzljubil zaradi vonja njegovega gela za lase. Njegov pot je neznansko sladkega vonja, kot mamina krpa. Že njegova koža je brez vonja. Šali se, da se bo dan, ko ga bo izdala kislina njegovega znoja ali ko bo spremenil gel za lase, moja ljubezen končala. Morda ima prav.
Zato mi je bilo v tisti čakalnici tako hudo, smrdeče po poceni razkužilu in zastarelem semenu. Dolgovi so se tako povečali, da sem se odpovedal skoraj vsem svojim dostojanstvom in odšel na kliniko v upanju, da bo to edini čas. Vsaj to sem naredil z visoko čelom: namesto da bi se oblekel v moškega, kot je svetoval prijatelj, sem šel v svoji najljubši zeleni obleki, čez rdeče pete Dorothy Gale, ki jih še vedno plačujem do meseca. Kar zadeva portfelj, ton, njihovo kombiniranje.
Medicinska sestra, majhna, z brki in srajco, ki je bila preveč odprta za osmo zjutraj – in na tešče -, me je sprejela z lažnim nasmehom, ki se je spremenil v veden pogled, ko je na moji izkaznici videla, da to ni Noelia, Bety ali Priscilla, ampak César Roberto Gutiérrez.
“Ste donator?”
“Da, prvič sem tukaj”.
“Ne bo zadnjič,” je rekla.
Brez dovoljenja je na zeleno svilo moje obleke, na nivoju mojih prsi, ojačanih s pari nogavic, oblikovanih v kroglice pod vijoličnim čipkastim prsnikom, nalepila ogromno etiketo. César R. Gutiérrez. Dala mi je revijo, obrazec, na katerega sem pod svojimi podatki moral priseči s podpisom in pojasnilom, da nisem imel virusa HIV, da nisem zbolel za hepatitisom B, sifilisom ali nalezljivimi boleznimi in da sem bil mlajši od 50 let; vialo s številkami in črtami, ki bodo pozneje označevale raven še neobstoječe tekočine, dva navlažena robčka. In naročila mi je, naj se usedem s preostalimi moškimi in počakam.
Vsi so bili videti nervozni, v običajnih čevljih iz usnjene kože, nezahtevni celo do ponarejenega eko usnja in zajetnih prstih. Vsak s svojim imenom na prsih. Javier E. Roldán, Lionel Olmedo, Pablo López, Horacio M. Ferrez … Vedel sem, da so me opazovali. Kaj počne ženska, da čaka, da samoinducira milijone semenčic, da zapustijo njeno telo naravnost v merilno stekleničko? Kako bo to storila? Mislim, da so jih takšna vprašanja odvrnila od prizadevanj, da bi se osredotočili. Vedel sem tudi, nisem naiven, da je bila za nekatere moja prisotnost v pomoč.
Odprl sem revijo in našel le ženske s širokimi nogami, obrite, s smešno bujnimi dojkami, prepletenimi ženskimi jeziki, paranormalnimi gestami. Nobenih moških udov, kosmatih trebuhov ali mišičastih riti … nobenih moških. Zabaval sem se s tem, da sem si ogledoval moške prsi prisotnih, nekateri poraščeni, drugi mehki in mastni, vsem pa je primanjkujovala zapeljivost. Iskal sem navdih, imel sem petnajst minut časa, da bi si prislužil kruh. Ali pa bi šel domov z neplačanimi računi.
Dokler nisem prišel do edinega, ki na prsih ni imel niti enega kosa puha, ki bi pokukal izpod majhne kvadrataste srajce, ki se je prilagajala telesu, in s katerega vratu je visela mala zlata verižica, ki se je kot peščica peska svetila na granitu. Ni imel nalepke, ki bi razkrila njegovo ime. Instinktivno sem pogledala njegov obraz. Dragoceno. Ogromne jasne oči, raven nos, dobro oblikovana brada in rjavi kodri, ki so uokvirili vse. Preostalo je le, da mu je bilo ime David. Začutil sem, da se je krilo moje obleke izbočilo in takoj sem dal torbico, ki mi je do takrat visela na rami, počivati na mednožje. Neznanec je sedel in bil prilepljen na mobitel, kot da na svetu ni nič drugega kot tisti mini zaslon. Zlahka bi ostal neopažen. Najboljše je bilo, da bil že stimuliran. Moral sem samo zatreti svoj zagon, dokler nisem prišel do škatle in ciljal v posodo s številkami.
“Imam neprijetne novice. Že od včeraj nimamo nič vode, zato se potrudite, da si ne boste preveč umazali rok. Na darovalca sta dva robčka. Ne bo jih več, če pa potrebujete več revij, jih je v vsaki omari na desetine. Za ejakulacijo imajte v povprečju petnajst minut časa. Ne več kot dvajset. Za prejem plačila morate zbrati tri mililitre. Če zberete pet mililitrov, boste dobili dodatnih 50 odstotkov od oglaševane vrednosti. Če jih bo več, bo tudi aplavz. Skozi zaveso lahko vstopijo štirje. Prosim, ne dotikajte se je, ko se vrnete!” je brkava medicinska sestra poučevala v ritmu navodil stevardes. Bolj kot posamična spodbuda je šlo za padec kolektivne morale.
Ko se je sestra spet obrnila in sedla, je David oživel in pristopil k meni. Iztegnil je roko in mi dal svoje navlažene robčke. Preko srajce je nosil temno zeleno jopico – elegantno – z lepo dišečimi detajli v gumbnici.
“Tudi jaz ne maram punc iz revij,” je dejal. Nasmehnil se je in čakalnica se je spremenila v okolico katedrale Duomo v Firencah. Nemogoče, da ne bi podlegel.
“Hvala. Jaz sem Cezar«, sem rekel in iztegnil roko, ki jo je nežno stisnil.
“Lepa si,” je rekel (všeč mi je bilo, da je uporabil žensko obliko). Torbica na mojih mednožjih se je rahlo premaknila.
“Obdrži robčke, tudi ti jih boš potreboval,” sem rekel s tresočim glasom.
“Imam paket, prejšnji teden ni bilo vode, prejšnji pa ravno tako …”
“Ali prihajaš vsak teden?”
“Skoraj kadarkoli se počutim osamljeno. Ne maram doma sam zajtrkovati in tukaj po opravljeni storitvi postrežejo z enim najboljših zajtrkov v soseski. Živim dve ulici stran”.
“Mislil sem, da od vsakega donatorja kupujejo le enkrat na mesec.”
“Ne prihajam po denar. Moj razlog je skoraj altruističen. Sem darovalec, to delam brezplačno. Sanjam o svojem sinu, ki se veselo sprehaja po svetu”, je navdušeno povedal. Nadaljeval je: “Ne hodim na zmenke z ženskami; Ne bi imel nobenega drugega načina, da bi imel otroka, ki ni anonimen …”.
“Če prihajaš pogosto, moraš imeti več otrok. Vzreja me ne zanima in tudi moža ne. Prišel sem samo zaradi dolgov in sploh ne vem, ali lahko to storim. Ali je enostavno? Kaj te navdihuje, da pustiš tri mililitre? Kaj razmišljaš? O kom razmišljaš?”
Moški, čigar imena ne poznam, se je zopet nasmehnil in ta izraz me je docela božal. Ko sem to skušal skriti, je s svoje gumbnice odstranil eno najbolj sladko dišečih rož, kar sem jih kdaj zavohal, in stopil skozi zaveso. Še danes se tega spominjam, medtem ko voham strani knjige, ki hranijo cvetne liste.


Donators

Andrea Centeno


Since I was a child, I choose things for their perfumes more than for any other quality. Mom says that she put an end to my heartbroken crying by bringing me a handkerchief with a sweet perfume, which smelled like vanilla ice cream because it was the richest flavour in artificial fragrant essences. And when I grew up, I leaned towards jasmine more than other pretentious and colourful flowers, like orchids or poppies that don´t smell of anything.
I can identify the types of chocolate with my eyes closed, just by smelling them. I can even say without mistake if it is hot or cold chocolate. Lemon or lemonade. And the same happens, of course, with any other type of bottled fragrance, of which I can detail its ingredients without errors. I even fell in love with Marcos, who is light years away from being Adonis, because of the scent of his hair gel. His perspiration is inexplicably sweet-smelling, like my mom’s rag, making his skin odourless. He jokes that the day the acidity of his sweat betrays him or he changes the hair gel, my love for him will end. He may be right.
That’s why I felt so bad in that waiting room, smelling of cheap disinfectant and stale semen. The debts had grown so large that I gave up almost all my dignity and went to the clinic with the hope that it would be for the only time. At least, I did it with my forehead high: instead of dressing up as a man, as a friend had advised, I went in my favourite green dress, over the red Dorothy Gale heels, which I still pay by the month. As to the portfolio, to the tone, to combine them.
The nurse, short, with a moustache and her shirt way too open for 8 in the morning —and for being on an empty stomach—, received me with a fake smile that turned into a knowing look when she saw on my ID that was not Noelia, Bety or Priscilla, but César Roberto Gutiérrez.
“Are you a donor?”
“Yes, it’s my first time”.
“It won’t be the last,” she said.
Without permission, she pasted on the green silk of my dress, at the level of my breasts that were armed with pairs of stockings made balls under a purple lace bodice, a huge adhesive label. César R. Gutiérrez. She gave me a magazine, a form in which under my affiliate data I had to swear with a signature and clarification that I did not have HIV, had not suffered from hepatitis B, syphilis or communicable diseases and that I was under 50 years old, a vial with numbers and stripes that would later mark the level of the still non-existent liquid, two moistened wipes. And she ordered me to sit down with the rest of the men and wait.
They all looked nervous, in ordinary leatherette shoes, unpretentious even to fake eco-leather, and bulky toes. Each one with their name on the chest. Javier E. Roldán, Lionel Olmedo, Pablo López, Horacio M. Ferrez… I knew they were watching me. What is a woman doing waiting to self-induce millions of sperms to exit her body straight into a measuring bottle? How will she do it? I imagine questions like that distracted them from their efforts to focus. I also knew, I am not naive, that for a few my presence was collaborative.
I opened the magazine and only found women with wide legs, shaved, ridiculously exuberant breasts, interlaced female tongues, paranormal gestures. No male limbs, furrowed abdomens or muscular arses… no men. I amused myself by looking at the manly breasts of those present, some hairy, others soft and greasy, all lacking in seduction. I was looking for inspiration, I had fifteen minutes to earn my bread. Or I would go home with unpaid bills.
Until I got to the only one who didn’t have a single piece of fluff on his chest that would peek out from under a small squared shirt fitting close to the body, and from whose neck hung a little golden chain that shone like a handful of sand on granite. He had no label to give away his name. Instinctively I looked up at his face. Precious. Huge clear eyes, straight nose, well defined chin and brown curls framing everything. It only remained that his name was David. I felt the skirt of the dress bulge out and immediately made the purse, which until then hung from my shoulder, to rest on my crotch. The stranger was seated and nailed to his cell phone as if there was nothing but that mini screen in the world. It would be easy to go unnoticed. The best thing was that I was already stimulated. I just had to suppress my momentum until I got to the box and aim at the container with numbers.
“I have unpleasant news. We haven’t had any water since yesterday, so try not to get your hands too dirty. There are two wipes per donor. There will be no more, but if you need more magazines, there are dozens to light up in each of the cabinets. You have, on average, fifteen minutes to ejaculate. No more than twenty. You have to accumulate three millilitres to receive payment. If you collect five millilitres, there will be an extra 50 percent on the advertised value. If there is more, you will also receive an applause. Up to four can enter through the fabric curtain. Please don’t touch it when you return!”, the moustached nurse instructed in the rhythm of a stewardess giving instructions. More than an individual stimulus, it was a drop in collective morale.
When the nurse turned to sit down again, David came to life and approached me. He reached out and handed me his moistened wipes. He wore a dark green corduroy jacket — elegant — over his shirt, with a well-smelling detail in the buttonhole.
“I don’t like magazine girls either,” he said. He smiled and the waiting room was transformed into the surroundings of the Duomo in Florence. Impossible not to succumb.
“Thanks. I’m Caesar,” I said and reached out my hand, which he gently shook.
“You are beautiful,” he said (I liked that he used the female form). The purse on my crotch moved slightly.
“Keep the wipes, you’re going to need them too,” I said in a tremulous voice.
“I have a package, last week there was no water and the previous one, the same …”.
“Do you come every week?”
“Almost whenever I feel lonely. I do not like having breakfast alone at home and here, after the service, they serve one of the best breakfasts in the neighbourhood. I live two blocks away”.
“I thought they only buy from each donor once a month.”
“I’m not coming for money. My reason is almost altruistic. I am a donor, I do it for free. I dream of a son of mine walking around the world happily,” he said enthusiastically. He continued: “I do not date women; I would have no other way of having a child that is not anonymous …”.
“If you come often, you must have several children. I am not interested in breeding, and neither is my husband. I only came because of the debts, and I don’t even know if I can do it. Is it easy? How do you get inspired to leave the three millilitres? What do you think? Who are you thinking of?”
The man whose name I don’t know smiled again and that expression caressed me whole. As I tried to hide it, he removed one of the most sweetly scented flowers I had ever smelled from his buttonhole and stepped through the curtain. I recall it to this day, while I smell the pages of the book that keep the petals.


Andrea Centeno

Andrea Centeno (Argentina). She is a journalist who has been the past 16 years living in São Paulo, Brasil. During her career she has interviewed distinguished people, such as Bill Gates, Rosa Montero, and Fidel Castro. She published in several Argentinian and Mexican magazines, and in anthologies.

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