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Hispanic literature

El tio Lacho (ESP, SLO, ENG)

A tale by Salvador Cristerna

El tío Lacho

Salvador Cristerna

Para Daniela Lamas Jaramillo

Detestaba hospitales y funerarias por igual. Solo visitaba ambos lugares cuando era imprescindible. La peste de los fármacos y el hedor de las flores eran igual de ofensivos para el olfato de Constanza, lo mismo que la limpieza obsesiva que volvía ambos lugares completamente impersonales.
Inspiró una bocanada de aire fresco, si es que se le puede llamar así al coctel de humores que se respira en la calle, e ingresó a la capilla ardiente. Aguantó la respiración para prolongar al máximo la inevitable ingesta del aire asfixiante exhalado por crisantemos, claveles y gardenias, como cuando jugaba de niña a hacer bucitos en la alberca inflable que les ponía su tío en el patio a ella y a sus primos en épocas de calor. Esos días cuando su madre la dejaba en buenas manos con él.
Se disponía a saludar a una de sus primas, hija del primer matrimonio del huésped principal del velatorio, el tío Lacho, cuando un alarido cubrió de golpe las voces susurrantes del entorno y acalló los bisbiseos. El grito puso a Constanza y a los dolientes en sobresalto. Al grito le siguió un llanto plañidero que fluía como un hilo de miel.
La garganta que emitía el lamento pertenecía a una mujer de apariencia joven. Sus rasgos se adivinaban así bajo la vestimenta negra y tras el velo. El tejido que le cubría el rostro obligaba a los ojos de quienes no era conocida a conformarse con intuirlo. Llevaba el cabello recogido en una trenza enredada a manera de chongo a la altura de la coronilla. Sus zapatos eran bajos, la falda larga, holgada, negrísima ella, al igual que la blusa y el resto de su indumentaria.
Al verla, sin saber bien por qué, a Constanza se le escapó una risita impropia para la ocasión. Miró hacia ambos lados del salón en espera de no haber sido descubierta. En realidad le importaba un carajo cuidar las formas con esa parvada de buitres. En el recorrido su mirada se encontró con la de la tía Ernestina. La única que gozaba de sus afectos, más por vivir ajena a la realidad que por otra cosa. Intentó evitarla. Demasiado tarde. Con un ademán la tía, una hipocondriaca consumada y hermana mayor del occiso, le hizo seña de acercarse y tomar asiento junto a ella.
Estuviera o no en un velorio la tía Ernestina siempre hablaba en voz muy baja. Como si pasara la vida atendiendo una misa eterna. Era necesario seguir con atención el movimiento de sus labios para leer en ellos lo que creía estar diciendo en volumen audible. En este caso, como si respondiera a una interrogante formulada por el simple acto de haberla mirado, le dijo en un susurro: «Es la viuda de tu tío Lacho. Bueno, una de ellas», comentario que no causó ningún impacto en Constanza. Era del dominio familiar que el tiíto había atravesado por cinco matrimonios a lo largo de su existencia.
Siempre había elegido mujeres que compartían las mismas características. Todas huérfanas. Todas de complexión delgada. Todas de cabello largo, lacio y oscuro. Todas de tez clara. Todas sin educación formal. Todas de provincia. Todas madres solteras con hijas en edad de acudir a la primaria. «Es su gusto y también el de ellas», decían con tono de dispensa siempre en la familia al abordar el tema. «¡Si supieran!», pensaba Constanza con rabia contenida.
Aquí y allá las pláticas se enfocaban en las posibles causas que desembocaron en el crimen. Nadie tenía el corazón, aunque sí el morbo, para preguntar cómo ocurrió. Las causas de una muerte, así sea por enfermedad, un accidente o un homicidio, siempre son tema central en un velorio. Claro, también están las alabanzas al protagonista, que minimizan, cuando no justifican u omiten, sus errores y debilidades. La sociedad siempre perdona a los famosos, los poderosos y a los muertos. En el caso del tío lo único que se había ventilado es que fue asesinado con lujo de violencia. «Un asalto», era lo único que se les ocurría pensar. ¡Bien se ve que no lo conocían! Al menos no como ella.
Constanza consultó el reloj, echó una mirada rápida alrededor y se incorporó. «Bueno, a lo que vine», se dijo y avanzó hacia el ataúd para ver al tío, aprovechando que estaba solo. La visión del cadáver maquillado y arreglado para la ocasión, le produjo nauseas. Le sonrió con desdén para no escupirle. Dio media vuelta, se alejó del féretro y procedió a despedirse, repartiendo el beso de Judas a toda la concurrencia. ¿Qué hubiera dicho su madre de tal hipocresía?
Pensar en ella le produjo cierto remordimiento a Constanza. Las deudas de gratitud sin saldar y los buenos propósitos habían pasado a ocupar un sitio imperturbable en el reino del hubiera. Llevaba muerta un año. ¿En qué momento se había perdido la conexión con su madre y con todos los que estaban allí? Tal vez cuando la acusaron de mentirosa al denunciar al tío, solo por haber sido una niña. Quién sabe. «¡Pinche familia de culeros! ¡Son una caterva de ojetes! ¡Que chinguen a su madre todos!», pensó.
El ataque del tío la había transformado en un ente felinizado. A partir de que comenzó a toquetearla y de que nadie le creyera cuando lo acusó, Constanza pasaba la mayor parte de su vida en silencio, pero alerta. Atenta a todo. Siempre al borde del sobresalto o de la huida. Tal fue la herencia que le dejó el pariente tendido.
«No cabe duda de que la muerte nos une más que la vida», pensó al repasar en una última mirada a la concurrencia, antes de abandonar el velatorio. Ni siquiera los grandes festejos conseguían reunir a toda la familia. Cuando se trata de un velorio, no hay compromiso, enfermedad, cansancio ni nada que justifique una ausencia, corroboró. «Qué ganas de tener una granada para arrojárselas a estos hipócritas hijos de puta, y qué mejor pretexto que la muerte de este pedazo de mierda, hijo de la grandísima chingada, que jamás va a volver a molestar a otra niña, como lo hizo conmigo», dijo para sí conteniendo las palabras con los dientes apretados.
Enfiló rumbó al café donde se encontraría con el sicario para finiquitar el trabajo recién hecho. Ese que puso a su tío en su lugar. Antes de extenderle el resto del pago pactado al asesino, reclamó las fotografías acordadas, como prueba irrefutable de que había recibido una cucharada de su propia medicina.
Lo grotesco de la escena de la violación del tío con lo que parecía ser un palo de escoba por el ano, hizo que pasara deprisa las imágenes. Se detuvo en una que analizó con detenimiento. Contó las veinticuatro puñaladas con las cuales fue troquelado el tío Lacho, tal como lo encargó. Doce representaban la edad que tenía Constanza cuando abusó de ella y nadie le creyó. Doce los años transcurridos con exactitud para cumplimentar la venganza.
Constanza salió del café hacia el fresco de la noche, y echó a andar sin rumbo. En el aire se respiraba un sutil aroma a flores de muerto.


Stric Lacho

Salvador Cristerna

Za Daniela Lamas Jaramillo

Sovražila je tako bolnišnice, kot tudi pogrebne zavode. Oba kraja je obiskala le, ko je bilo to res potrebno. Smrad po zdravilih in rožah je bil tako moteč za Costanzin nos, kot tudi obsedena čistoča, ki je napravila oba kraja popolnoma neosebna.
Vdihnila je svež zrak, če lahko tako imenujemo koktajl tekočin, ki se ga diha na ulici, in vstopila v gorečo kapelo. Zadržala je dih, da bi maksimizirala neizogibno zajetje zadušljivega zraka, ki ga izdihajo krizanteme, nageljni in gardenije, kot takrat, ko se je potapljala v topli vodi bazena, ki ga je njen stric na svojem dvorišču postavil zanjo in njene bratrance. To so bili dnevi, ko jo je njena mati pustila v njegovih dobrih rokah.
Namenila se je pozdraviti eno izmed svojih sestričen, hčerko iz prvega zakona glavnega gosta bedenja, prej omenjenega strica, ko je nenaden krik prekril šepet glasov okolice in utišal njeno sikanje. Krik je prestrašil Constanzo in žalujoče. Kriku je sledil žalosten jok. Vil se je kot med.
Grlo, ki je oddajalo jok, je pripadalo mlajši ženski. Njene poteze so bile zakrite s tančico in s črnimi oblačili. Tkanina, ki je zakrivala njen obraz je silila oči tistih, ki ga niso prepoznali, k ugibanju. Njeni lasje so bili speti v kito, ki je bila na vrhu njene glave spletena kot figa. Njeni čevlji so bili nizki, rilo dolgo, vrečasto, vse to je bilo črno, kot tudi njena bluza in ostali kosi oblačila.
Ko jo je Constanza zagledala ji je, ne da bi vedela zakaj, ušlo hihitanje, ki je bilo glede na okoliščine neprimerno. Pogledala je gor in dol po sobi v upanju, da ni bila odkrita. Še mar ji ni bilo glede spodobnosti v pričo teh jastrebov. Na poti se je njen pogledat srečal s teto Ernestino. Edina, ki je uživala njeno prijaznost, bolj zato, ker je živela zunaj realnosti, kot kaj drugega. Poskušala se je je izogibati. Prepozno. S kretnjo ji je teta, sicer nadarjena hipohondra in starejša sestra pokojnega, nakazala, naj pride bližje in se poleg nje vsede.
Ne glede na to, ali je bila na bedenju ali ne, je teta Ernestina vedno govorila z zelo tihim glasom. Kot, da bi vse življenje preživela pri večni maši. Pomembno je bilo previdno slediti premikanju njenih ustnic, da se je lahko razbralo, kaj je mislila, da je pravila na slišnem nivoju. V tem primeru ji je, kot da bi odgovorila na vprašanje, ki se je zastavilo preprosto s tem, ko jo je pogledala, zašepetala: “Je vdova tvojega strica Lancha. No, ena izmed njih”. Komentar, ki na Constanzo ni imel nikakršnega vpliva. V krogu družine je bilo znano, da je šel stric tekom svojega obstoja skozi pet porok.
Vedno si je izbral ženske, ki so si delile enake značilnosti. Vse sirote. Vse vitke postave. Vse z dolgimi, ravnimi in temnimi lasmi. Vse blede polti. Vse brez formalne izobrazbe. Vse iz province. Vse matere samohranilke s hčerkami mlajših let. “Je njegov okus, pa tudi njihov”, so vedno rekli s tonom, ki je bil vedno porazdeljen po družini, ko se je pogovor približal tej temi. “Ko bi le vedeli!”, si je z zadržanim besom mislila Constanza.
Tukaj in tam, so se pogovori osredotočili na možne vzroke, ki so privedli do zločina. Nihče, čeprav so bili radovedni, ni imel srca vprašati, kako se je zgodilo. Vzrok smrti, pa naj bo zaradi bolezni, nesreče ali umora, je bil vedno središčna tema pogovara bedenja. Seveda, so tudi taki, ki protagonista hvalijo, kar zmanjša njegove napake in slabosti, ko teh ne omenijo. Družba vedno oprosti slavnim, močnim in mrtvim. V stričevem primeru, je bila edina stvar, ki je bila razkrita, da je bil z razkošjem nasilja umorjen.
“Napad”, je bila edina stvar, na katero so lahko pomislili. Jasno je, da ga niso poznali! Vsaj ne tako, kot ona.
Constanza je preverila svojo uro, se hitro razgledala naokoli in vstala. “No, po kaj sem že prišla?”, si je rekla, odšla do krste, da bi videla strica in pri tem izkoristila dejstvo, da je bil sam. Pogled na urejeno truplo, primerno priložnosti, ji je naredil slabo. Nasmehnila se mu je s prezirom, da ne bi vanj pljunila. Zasukala se je, odšla od krste in nadaljevala s poslavljanjem, ter pri tem delila Judežev poljub množici. Kaj bi rekla njena mati, na vso to hinavščino?
Ob misli nanjo je Constanza čutila obžalovanje. Neplačani dolgovi hvaležnosti in dobrih namer so zasedli zbran prostor v kraljestvu priložnosti. Že leto dni je bila mrtva. Na kateri točki, je bila povezanost z njeno matero in drugimi izgubljena? Morda takrat, ko so jo označili za lažnivko, ko je obtožila strica, samo zato, ker je bila deklica. Kdo ve. “Prekleta družina riti! Kopica usrancev! Vsi naj bodo prekleti!”, si je mislila.
Stričev napad jo je spremenil v mačjo entiteto. Od kar se je je stric pričel dotikati in ji ni nihče verjel, ko ga je obtožila, je Constanza preživela večino življenja v tišini, vendar pozorna. Pozorna na vse. Vedno na robu bega ali boja. Takšna je bila zapuščina, ki ji jo je zapustil lažnjivi sorodnik.
“Ni dvoma, da nas smrt združi bolj kot življenje”, si je mislila, ko se je še zadnjič ozrla po množici, preden je zapustila bedenje. Niti velika praznovanja niso mogla združiti vse družine. Ko se gre za bedenje, je ugotovila, ni nobene obveznosti, bolezni, utrujenosti ali česar koli drugega, kar bi opravičilo odsotnost. “Kakšna je želja, da bi imela granato, da bi jo vrgla tem hinavskim prascem in kakšen boljši izgovor, kot smrt tega gnoja, prasca, ki nikoli več ne bo zlorabljal drugega dekleta, kakor je mene”, si je rekla skozi stisnjene zobe.
Odpravila se je v kavarno, kjer bo srečala poklicnega morilca, da dokonča delo. Tistega, ki je postavil njenega strica na mesto. Preden je morilcu predala plačilo, ji je podal dogovorjene fotografije, ki so bile neizpodbiten dokaz, da je prejel porcijo lastnega zdravila.
Iz slik je zasvetila grotesknost prizora stričevega posilstva s- kar je izgledalo, kot metla v anus. Vstavil se je pri sliki, ki jo je previdno analiziral. Preštel je štiriindvajset zabodov, s katerimi je bil stric Lucho preboden, ravno tako, kot je naročila. Dvajset predstavlja starost Constanze, ko je bila zlorabljena in ji ni nihče verjel. Natanko dvanajst let je poteklo, da je izpolnila maščevanje.
Constanza je zapustila kavarno v hladno noč in začela brezciljno hoditi. V zraku je bil blagi vonj mrtvih rož.


Uncle Lacho


Salvador Cristerna

To Daniela Lamas Jaramillo

She detested hospitals and funeral homes alike. She only visited both places when it was essential. The stench of drugs and flowers was just as offensive to Constanza’s nose, as was the obsessive cleanliness that rendered both places completely impersonal.
She breathed in a breath of fresh air, if the cocktail of fluids that is breathed in the street can be called that, and entered the burning chapel. She held her breath to maximize the inevitable intake of the suffocating air, that is exhaled by chrysanthemums, carnations, and gardenias, as when she played diving in the hot water of the inflatable pool that her uncle put up for her and her cousins in the backyard. Those were the days when her mother left her in good hands with him.
She was about to greet one of her cousins, daughter of the first marriage of the main guest of the wake, the uncle in question when a scream suddenly covered the whispering voices of the environment and silenced the hiss. The cry startled Constanza and the mourners. The scream was followed by a plaintive cry. It flowed like a string of honey.
The throat emitting the wail belonged to a young-looking woman. Her features were discernible under the black garment and behind the veil. The fabric that covered her face forced the eyes of those who didn´t know them to settle at guessing them. Her hair was tied up in a braid that was tangled like a bun at the top of her head. Her shoes were low, her skirt long, baggy, she was very black, as was her blouse and the rest of her clothing.
When she saw her, without really knowing why a giggle that was inappropriate for the occasion escaped Constanza. She looked up and down the room, hoping she hadn’t been discovered. She didn’t give a damn when it came to caring about appropriateness with that flock of vultures. On the way, her gaze met Aunt Ernestina’s. The only one who enjoyed her affections, more for living outside reality than for anything else. She tried to avoid her. Too late. With a gesture, the aunt, a talented hypochondriac and older sister of the deceased motioned for her to come over and take a seat next to her.
Whether or not she was at a wake, Aunt Ernestina always spoke in a very low voice. As if she spent her life attending an eternal mass. It was necessary to carefully follow the movement of her lips to read from them, what she thought she was saying in an audible volume. In this case, as if responding to a question raised by the simple act of looking at her, she whispered to her: “She is your uncle Lacho’s widow. Well, one of them”, a comment that had no impact on Constanza. It was known in the family domain that the uncle had gone through five marriages throughout his existence.
He had always chosen women who shared the same characteristics. All orphans. All of a slim build. All with long, straight, dark hair. All of the clear complexion. All without formal education. All of the province. All single mothers with daughters of primary age. “It is his taste and also theirs”, they said with a tone of arranging it always in the family, when approaching the subject. “If they only knew!” Thought Constanza with contained rage.
Here and there, the talks focused on the possible causes that led to the crime. Nobody had the heart, although there was curiosity, to ask how it happened. The causes of death, whether due to illness, an accident, or a homicide, are always a central theme at a wake. Of course, there are also the praises of the protagonist, which minimize, when they do not justify or omit, his mistakes and weaknesses. Society always forgives the famous, the powerful, and the dead. In the case of the uncle, the only thing that had been revealed is that he was murdered with the luxury of violence. “An assault,” was the only thing they could think of. It was clear that they did not know him! At least not like her.
Constanza checked her watch, took a quick look around, and sat up. “Well, what did I came for?”, she said to himself and advanced to the coffin to see the uncle, taking advantage of the fact that he was alone. The sight of the corpse made up and arranged for the occasion made her nauseous. She smiled with disdain at him to not spit at him. She turned around, walked away from the coffin, and proceeded to say goodbye, distributing Judas’s kiss to the entire crowd. What would her mother have said of such hypocrisy?
Thinking of her made Constanza feel remorseful. Unpaid debts of gratitude and good intentions had come to occupy a collected place in the kingdom of the possibilities. She had been dead for a year. At what point had the connection with his mother and with everyone there been lost? Maybe when they accused her of being a liar by denouncing the uncle, just because she was a girl. Who knows. “Fucking family of assholes! They are a bunch of assholes! Fuck all of their mothers!”, she thought.
The uncle’s attack had transformed her into a felinized entity. Since he began to fondle her and no one believed her when she accused him, Constanza spent most of her life in silence, but alert. Attentive to everything. Always on the verge of fight or flight. Such was the inheritance that the lying relative left her.
“There is no doubt that death unites us more than life,” she thought, taking a last look at the crowd before leaving the wake. Not even the big celebrations could bring the whole family together. When it comes to a wake, there is no commitment, illness, fatigue, or anything that justifies an absence, she confirmed. “What a desire to have a grenade to throw at these hypocritical sons of bitches, and what better pretext than the death of this piece of shit, son of a bitch, who is never going to molest another girl again, as he did me “, she said to herself, holding the words through clenched teeth.
She headed for the Cafe where she would meet the hit-man to finish the job. The one who put her uncle in his place. Before handing the payment to the murderer, he passed the agreed photographs as irrefutable proof that he had received a spoonful of his own medicine.
The grotesqueness of the scene of the uncle’s rape with what appeared to be a broomstick through the anus, made the images flash through. He stopped at one that he analysed carefully. He counted the twenty-four stabs with which Uncle Lacho was punctured, just as she ordered. Twelve represented how old Constanza was when he abused her and no one believed her. Twelve years exactly elapsed to fulfill revenge.
Constanza left the Cafe in the cool of the night and started walking aimlessly. There was a subtle scent of dead flowers in the air.

A tale by Salvador Cisterna


Salvador Cristerna (Mexico City, Mexico)has a degree in Communication Sciences from the UNAM, where he currently teaches. He has a Diploma in Literature and Text Analysis from the National Institute of Fine Arts and Literature. He made a literary and critical review of Theater in the newspapers El Día and El Nacional, and currently collaborates with Capital 21 TV, in Mexico City, where he makes literally recommendations. He has published short stories, articles and essays in various magazines. His stories are also a part of various anthologies.

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