Mi niña detras del espejo
Jorge Armando Ibarra Ricalde
Las abuelas saben. Es fácil considerar que sus consejos caducaron cuando recomiendan tes en vez de medicinas. Soplarle a los nudos cuando no hay relación entre hacer eso y desabrocharlos, o usar una liga para abrir un frasco. Y sí, pese la artritis, la abuela puede abrir los frascos que yo no puedo, desabrocha los nudos que nadie más puede y quita los resfriados tanto como los dolores varios. Pero descansamos nuestros ánimos, seguros de que siempre es posible sustituir su conocimiento con algún aparato moderno, algún chisme útil diseñado específicamente para eso. Así viví y me convertí en adulto, ignorando los trucos de la abuela y confiando en la Wikipedia, hasta el día en que nació mi hija, y con su bendición, la abuela Fernanda me regaló un consejo; no pongas a la niña frente al espejo.
Recuerdo que de todas las supercherías que había escuchado, esa fue la que más tiempo me revoloteó en la cabeza. La ciencia de los bebés es complicada, son los especímenes más frágiles de la humanidad, y sin embargo, resisten el hecho de que nadie nace sabiendo ser padre. Así que entre un cabeceo por aquí, o un lapsus brutus por allá, puedes recurrir al instinto de miles de años para reaccionar por el bien de tu hija en una fracción de segundo, y sí, puede fallar, pero la ciencia de los bebés ha dado grandes avances para saber que no hay que darles fresa ni miel, y que contrario a la creencia popular; los bebés sienten dolor, no necesitan todo lo que te venden en su nombre y no es buena idea darles tequila para que se duerman. Mas en ningún momento, en ningún lado, la ciencia se ha pronunciado sobre porque no puedes poner a tu bebé frente al espejo.
¿Qué podría suceder? ¿Qué la psique del bebé explote al descubrir que su ser es limitado en su realidad? ¿Confundir su existencia con la del reflejo? ¿Descubrir antes de tiempo que es un ser dependiente de los demás? No hubo respuestas, por ningún lado, y la mayoría de los adultos “funcionando” que conozco, aún no se han dado cuenta de la mayoría de esas premisas, así que según parece jamás nadie se ha hecho la pregunta, solo toman la palabra de su abuela y los dejan así, lejos del espejo. Y claro, yo soy tanto un rebelde como un aventurero, además como no soy supersticioso solo me puedo fiar de lo que puedo observar, por lo que cada que arrullaba a mi hija caminando de aquí para allá en la sala de la casa, me preguntaba; ¿qué pasaría si la dejo frente al espejo?
A pesar de las cientos de vueltas al día, simplemente carecía del valor de averiguarlo, porque si bien era un hombre de hechos, el hecho es que el frasco se destapaba con la liga, y el nudo se desmoronaba mientras se le soplaba, así que era demasiada responsabilidad dejar al espacio continuo-tiempo en mis manos, pues ya sujetaban a mi bebé que apenas movía el cuello. Noches fueron y vinieron mientras ella se adaptaba a nuestros horarios, y no pocas veces me quedaba en vigilia, esperando a que se terminara su mamila, o al menos se le acabara la pila, y como todo padre sabe, no fueron pocas las veces que me ganó el sueño, y así con mis ojos cerrados, la niña aprendió a girar y gatear, hasta que un día, mientras dormitaba débil y fatigado, retó al espejo.
Era un día como todos, una noche de hecho, pero el cansancio se había acumulado, así que en realidad vi todo lo que pasó, solo que mi estado de vigilia adormecida lo creyó un sueño. Mi niña primero giró por la cama, y luego gateó hacía el lado donde no estaba el borde, así que sin peligro inmediato, no pude reaccionar al momento en que con todo el poder de su fuerza, despegó su cuerpo del colchón para encontrarse con su clon reflejo. Justo del otro lado del espejo.
Se miraron un momento, haciendo esos sonidos puros que no caen en ninguna categoría del espectro emocional, se sonrieron, se reclamaron y sin previo aviso se tocaron. Nada extraordinario, tanto que pude seguir dormitando despierto, al menos hasta que mi hija golpeó tres veces el vidrio sonriendo, y pese que no tenía la fuerza para sujetar su biberón, con ambos bebes golpeando el espejo, este se quebró.
Recuerdo el sonido con tanta claridad, que aún siento el estómago hacerse pequeño mientras por reflejo agarraba a mi hija antes de siquiera despertar. Fue algo instintivo, primitivo. Solo la tomé y la jalé para evitar que se fuera a perder, cuando el peligro de hecho eran los vidrios por caer. La tomé entre mis brazos alarmado, revisando que no se hubiera hecho daño, y gratamente sorprendido de que no fue el caso, finalmente me percaté que el vidrió no se quebró, solo fue una alucinación producto de la privación del sueño. Así que, sobreviviendo a la exhaustiva examinación de la madre que sí se despertó, la niña, sin nada que faltara de su lugar, se fue a dormir como siempre, excepto por un extra; una sonrisa larga que mostraba sin dientes.
La mañana, apenas apartada por unas horas, nos encontró agotados, mas no pude permanecer tumbado, porque mi hija, con energía desbordada me despertó de un golpazo, y sin ganas, pero con actitud, el día comenzó como siempre, con la niña siendo el centro de nuestro mundo, aunque esta vez haciendo todo las cosas que acostumbraba con esa larga sonrisa sin dientes.
Supongo que debí examinar las señales con más detenimiento, la velocidad con la que pasó del gateo al bamboleo, para luego caminar y de ahí correr a gran velocidad, las risas histéricas que soltaba sin motivación alguna, las rabietas fugaces e incontrolables que hacía cuando se enojaba, o al menos la total falta de respeto por la autoridad, pero la verdad es que la larga y misteriosa sonrisa desdentada duró poco, pues al cabo de unos meses, aún sonreía pero lo hacía con esos filosos dientes que asemejando colmillos, le transformaban su semblante en el de una pequeña diablilla.
En retrospectiva al menos debí notar el misterioso idioma que hablaba mientras pintaba las paredes de la casa con marcas paganas o mientras “accidentalmente” estropeaba el trabajo en casa o los aparatos delicados en ella. Sin embargo, el momento donde lo tuve por cierto, fue cuando llegó la hora del bautizo, pues las abuelas de ambos insistieron colectivamente que casados o no era nuestra responsabilidad presentarlo ante Dios para alejarlo del diablo. Una idea noble, que el párroco no disfrutó porque bautizar a la diablilla probó ser su propio infierno. Pero aunque el de él duró unos momentos, el nuestro comenzaba.
Mientras nosotros nos debilitábamos, nuestra pequeña diablilla se hacía más fuerte cada día. Porque la vida es eso que sucede mientras esperas en balde que los gastos se reduzcan, pero al cabo de unos años, aceptas que no solo no se reducirán, sino que siempre serán mayores a lo que puedes generar. Así que haces lo que puedes con lo que tienes mientras todos a tu alrededor te dicen que deberías hacer. Sin saber que ya lo hiciste, solo fallaste haciéndolo, como ellos fallarían si lo intentaran en vez de solo opinarlo con alevosía.
A los dos años mi diablilla ya mostraba todos los signos de la posesión diabólica. Mordía todo, gritaba por todo y hacía maldades varias a quien se descuidaba, pudiendo desarticular los mayores enojos con un chantajista abrazo y un manipulador beso. El consenso médico-mediático, porque todo pediatra tiene en su alma un vendedor, era que tenía el Síndrome de IA, situación tratable con fármacos no peligrosos pero costosos, sin embargo, mientras que su madre buscaba respuestas entre los expertos para ver que podíamos comprar que lo solucionara todo, yo sabía la verdad; la había puesto de bebé frente al espejo.
Agotados y endeudados, comenzamos a buscar nuevas opciones, y no pudiendo recurrir a mi abuela, fui con la de Lucia. Al confesarle que de bebé la puse frente al espejo, suspiró y me facilitó un par de remedios basados en hilo rojo, ajos y no poco esmero. La niña se retorció indomable como si de darle una medicina se tratara, y entonces, cuando su madre encontró a la niña con un hilo rojo en la frente y efluvio de hierbabuena con ajo, tuve que confesarle la verdad, que cuando era bebé, se vio en el espejo. Ella me miró con las ojeras a las que me había acostumbrado y pese carecer de energía para vivir; sonrió y rio, creyéndome un loco y supersticioso. Entonces me explicó que todo lo que pasábamos no era una posesión, sino el SdIA, Sindrome de Infantitis Aguda, que es como llaman a la niñez según la época, pero que se expresa en todos los inoportunos síntomas de ser niño en un mundo de adultos, que estábamos cansados, que la niña no era un monstruo, sino nuestra hija y que todo mejoraría. Lo dejé ahí, adopté a la diablilla como si realmente fuera mía, y no un engendro de Satán, porque por la razón que sea, había llegado a mi vida.
A veces cuando estoy solo miro el espejo, si la diablilla ha resultado tan buena para la vida, no puedo más que imaginar qué estará haciendo mi hija que atravesó el espejo, pero conociendo el carácter de su madre y su abuela por quien la bautizamos, estoy seguro que Lucia Fernanda ya manda en los infiernos.

Jorge Armando Ibarra Ricalde (Mexico), a.k.a El Master, is a writer, chronicler, professional master and role-playing game researcher as well as a designer of the game processes, specialized in direct cultural transmission through orality. Most of his work focuses on exploiting narrative biases to produce immersion and exchange of experiences as a front for defending leisure, while harnessing the intrinsic components of narrative construction to generate transformative experiences either through storytelling or ergodic literature.