Los quietos
Devet Seminar
La luz mortecina que emitía la monumental araña central, desprovista casi por completo de lámparas, generaba demasiadas sombras y era muy difícil distinguir los objetos de las personas que ocupaban el salón. No obstante, mientras era natural que los objetos permanecieran inmóviles en sus sitios, no lo era tanto que docenas de seres humanos, idénticos entre sí, con sus cráneos desnudos y brillantes, terminaran pareciendo una colección de estrafalarios maniquíes.
Semejantes a los candelabros y a los apliques de las paredes, permanecían quietos, pasivos, como si estuvieran esperando la llegada de cientos de palomas mensajeras que portaran nuevas sobre las muertes de sus familias o de sus propias muertes inminentes. El salón estaba lleno, insisto, y para los estáticos ocupantes de las sillas era como si el tiempo no transcurriera. La mayoría parecía mirar a un punto del espacio; unos pocos, en cambio, tenían la vista posada en los platos y copas vacíos. No se oía ningún sonido, con excepción del jugueteo de la lluvia sobre los techos. Una lluvia persistente que venía durando semanas me había obligado a permanecer en ese salón enigmático y sombrío. Yo era el único que recorría el lugar, obligado por el tedio. Y si no insistía en molestar a las inertes criaturas que me rodeaban era simplemente porque terminaba siendo una actividad inútil; ellos jamás se molestaban por mis pellizcos y empujones, gritos, sacudidas y golpes. Hiciera lo que hiciese, ellos volvían a la posición original, ignorándome por completo.
Admito que fue difícil decidir quedarme en esa especie de palacete con evidentes siglos de existencia, perdido en los suburbios de la ciudad, acompañado de esos humanos seriados que alguien fabricó, y que, me imagino, no se pudieron vender debido a la crisis económica recién pasada. ¿Pero cómo fue posible tanta irresponsabilidad? ¿Dejarlos a su suerte? Se suponía que los fabricantes debían educarlos e individualizarlos, hasta dejarlos activos y funcionales, si no se lograban vender; pero eso… eso era inaceptable.
Me senté junto a ellos, cansado del aburrimiento, y me puse a mirar el punto en el espacio que tanto contemplaban. El punto quedaba entre la enorme luminaria y una puerta, a unos dos metros de altura. Fijé la vista como si fuera uno más, y lo que vi fue realmente extraño. No pude distinguir bien, pero al principio era una especie de mancha azul flotando, como si fuera un humo denso y coloreado, auto iluminado tal vez. Se movía lentamente como si las exhalaciones de los que estábamos ahí tuvieran la potencia de leves brisas. A los pocos segundos, el humo se comenzó a expandir sin diluirse, cubriendo casi la totalidad del salón. Ni siquiera se podía ver a los calvos seriados que tenía casi pegados a mí. Ahora, si tuviera que definir lo que sentí durante esa visión, fue nada, absolutamente nada, ni siquiera sentí mi cuerpo, y quizás eso fue lo que me atrapó: me había quedado dormido.
Al despertar vi cómo los quietos se ponían de pie y caminaban aprisa en pos de algo; yo me movía a la par sin siquiera pensarlo, sin poder evitarlo. Apenas podía distinguirlos con tanto humo alrededor, pero era un hecho: todos caminábamos al mismo ritmo. Me volví hacia el punto azul en lo alto, justo cuando el humo cesó, y al disiparse, pude suspender la marcha.
Quién sabe cuánto tiempo pasó, pero ya no llovía, aunque la oscuridad perseveraba, y el lugar ya no era aquel salón de banquetes quieto y apagado.
Estábamos en medio de una calle iluminada con las luces de los comercios. Los seriados habían adquirido expresión y ahora hablaban en grupos como si todos supieran su propósito y paradero. Algunos se dirigían a mí como si yo entendiera la charla, pero no era así, era el único confundido. Me mezclé entre ellos y todos decían lo mismo. Aturdido miré al cielo; no había más que un techo de lámina en lugar de estrellas un poco más allá del punto azul que no se movía; supe entonces que era una cámara encendida. Volteé y vi mi reflejo en el vidrio de una de las tiendas, no era diferente de los demás seriados, solo por un detalle: era el único que se daba cuenta de todo.
Volvió a salir aquel humo llenando el lugar y todos se quedaron otra vez quietos.
Yo, en cambio, caminaba sin tener adónde ir.
Comprendí: la programación era irremediable y yo era el único atrapado con conciencia. ¿Para qué? Imposible saberlo. Deploré mi destino, pero fue inútil. La secuencia se repitió inexorable, como las mil veces anteriores.

Devet Seminar-was born in Breza, Bosnia and Herzegovina, on 6 April 1992. His parents travelled to America to escape the horrors of war when he was less than a year old and settled in a small town near Medellín, Colombia. He has been writing since he was a teenager, always in Spanish.