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Hispanic literature

El Mictlan

A tale by Liz Magenta

El Mictlan

Liz Magenta

Es media noche. La veladora encendida rompe la oscuridad, ilumina en la ofrenda: dulces, panes, agua simple, frutas, café, mezcal. La comida y bebida favoritas del difunto.
Ella, acostumbrada a lo paranormal, no le asustaban ya los alaridos nocturnos ni las sombras, ni los golpes en la puerta de madrugada, ni los pasos que se detenían siempre al pie de su ventana mientras los perros callejeros ladraban a la nada.
Sentada a la mesa, junto a la ventana donde podía ver el camposanto que siempre le otorgó vivencias espectrales, se concentró en los tres colores de la llama de la veladora, azul, amarillo, tonos del rosa al rojo. Ante el retrato del amado, inició oraciones para invocarlo. Santa María madre de Dios, ruega señora por nosotros… Decía en su rezo y con ello atraía al espectro añorado.
El alma del marido que apenas unos meses atrás había partido de este mundo, sintió de pronto cambiar el rumbo de su penar. Los pasos se detuvieron al pie de la ventana de ese hogar que compartieron en el pasado. Pasos que eran atraídos por el perfume de la flor de cempasúchil, las oraciones, y el fuego de la flama.
Un frío recorrió le la espalda desde el coxis. La mujer comenzó a escuchar sonidos, pasos. Manos temblorosas. La piel erizada. Castañearon sus dientes. Falanges impalpables dieron tres golpes a la puerta. Ella se levantó tambaleante, giró la perilla. Abrió con temor. Pero sólo encontró la noche y ladridos de perros noctámbulos, más, pudo sentir un halo frío rosar su costado. Como bruma espesa, en esa forma, el espíritu se presentó. ─Emilio─, dijo, y un rechinido en la silla vacía fue la respuesta afirmativa. Se sentó junto a la silla que acababa de ser ocupada.
El fantasmagórico amante tocó sus hombros, su cara. Ella sintió el desliz del dedo muerto, helado, paseando por su espalda. La mujer comenzó a hablarle, a contarle su rutina. Desde su condición de espectro, él se dedicó a aspirar la esencia de las cosas, de la fruta, del pan, de las flores, sintió el calor de la flama, el frescor del agua simple, el ardor del mezcal. La hubiera besado si tuviera labios. Pero se limitó a mirarla como a través de un velo. Acarició su cabello, su rostro, sus manos, con las suyas de invisibles átomos.
A media noche el ente se levantó y la silla rechinó de nuevo. Ella sintió la caricia fría. La despedida, el rose de su esfumada boca sobre los labios finos. ─Adiós amor─, pronunció al aire. La sombra respondió con un lamento que penetró en cada uno de sus huesos, y se dirigió a la puerta llevando consigo la esencia de la ofrenda: dulces, panes, agua, frutas, café, mezcal, más el beso tibio de la boca amada entre sus quijadas muertas.
Afuera, los perros ladraban sin descanso hacia la nada, mientras un portal dimensional surgía en esa oscuridad invernal. La enorme garganta del dios Mictlantecuhtli se abrió tragándose a la fila de espíritus que partieron a la última morada.
Desde la ventana, ella podía mirar las formas desvanecerse entre las lapidas. Escuchó los últimos lamentos que salían del panteón y se perdían entre las sombras. Apagó la veladora y durmió imaginando los aposentos de todos esos muertos, pensando que Emilio un día vendrá por ella, no tendrá que esperar un año entero para estar con él, entraran al hogar donde volverán a estar juntos, y allí vivirán por siempre, en el Mictlan, la casa del señor de la noche, la última morada, la que un buen día todos, sin excepción alguna, habremos de habitar.

Liz Magenta

Liz Magenta (México 1980) ha publicado textos en distintas revistas de alcance internacional. También es autora de dos libros.

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