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Una situación de rehenes

A short story by Héctor Magaña.

Una situación de rehenes

Héctor Magaña

Estaba sentado en mi escritorio cuando me llamaron a la escena. Pensé que sería la misma cantaleta de siempre: mandar a un grupo de hombres para que abrieran un hoyo en la tierra y sacaran una pila de cadáveres, tomarles fotos, luego llevarlos a la morgue y tal vez pudiéramos identificar a un tercio, para que sus familiares los llevaran a un cementerio bonito, con su césped bien podado y verde. Los otros al hoyo de los sin-nombre. Fin de la historia.
Una familia estaba siendo amenazada de muerte en su casa. El padre, la madre y el niño. Estaban tratando de sacarlos ilesos pero no había forma de comunicarse con el secuestrador, ni de identificarlo ni de conocer sus intenciones. No había nadie más en la estación y llamaron al primer pendejo que se les cruzó, o sea yo.


Para empezar no tenía ni idea de qué hacer ante una situación de rehenes. Estudié leyes y tomé una materia de criminología pero eso era todos mis conocimientos. En la oficina solo escribía declaraciones y las archivaba o se las mandaba a abogados y cosas así. Una vez tomé un arma pero era solo para espantar un borracho rabo verde. Ahora tenía que hacer algo aquí. Hablé con el comandante que me dijo que ya no se les ocurría que hacer. Cada vez que se acercaban a entrar por la fuerza se oían gritos de los tres miembros y hablar por teléfono con el secuestrador era ya de por sí imposible. No perdían nada si al menos lo intentaba yo. Lo único que se me ocurrió fue dejar una nota diciendo: “Toma el teléfono”. Lo deslicé por la puerta y esperé. Quince minutos después me devolvieron la nota, con letra infantil decía: “Yo no hablo por teléfono”. Genial. Solo podía hacerlo por notas.


Nos mandamos muchas notas como dos tortolitos de primaria. Me tardé dos horas. El comandante estaba irritado pero como no oyó disparos ni gritos se mantuvo callado. Estuve escribiendo notitas diciéndole que quería saber cómo estaban las víctimas. Finalmente me dejó entrar a la casa. La casa se veía en orden. Entré girando la perilla, pero no había nadie en el recibidor. Entré a la sala de estar y nada, el comedor vacío, la cocina igual. Subí las escaleras al segundo piso. La habitación de los padres era la primera. Entré y los vi atados a la cama, con una especie de fibra vegetal. Busqué al secuestrador. No estaba en el ropero, ni en el baño, ni debajo de la cama. Entre a la habitación de alado y tampoco nada. Regresé a la recamara de los padres. Poco después escuché una voz, una voz femenina aguda. Creí que eran los padres. No, no podían hablar. La voz salía cerca de la cama. De pronto lo noté. Había una mujer pequeña sentada arriba de una lámpara de mesa.


El diminuto ser que estaba sentado en la lámpara vestía una falda de cuadros con overol, un báculo, y un sombrero. Era igualita a Yumiko Kokonoe en Señorita Cometa. Creí por un momento que era una figurilla de colección o algo así, por lo que la tomé sin más. Entonces ella me escupió. Me quedé como idiota, lo admito. Ese diminuto ser estaba ahí y por alguna razón tenía la forma de un personaje de televisión. Probablemente, “El profesor” estuviera ahí, pero me di cuenta que esa idea era estúpida. Ella me pareció una fantasía pero dos fantasías era imposible. El mundo se puede permitir de vez en cuando un disparate. Aun así mi primera pregunta fue igual de absurda: “¿eres Yumiko Kokonoe?” Ella me miró un momento y después comenzó a destornillarse de risa. Ella era lo que era, eso me dijo. Ajá, ¿y ahora qué hago? “¿Quieres saber sobre ellos, no?” “Sí”.


Me contó que ella venía de la Estrella del Este. Estuvo aquí cuando el Espíritu de la Creación se distribuyó por el mundo pero no debía de confundirlo con Dios. Ella no sabía si Dios existía. Ella era la manifestación del fenómeno Causa-Efecto. Yo no entendía nada. Se lo dije. Ella me dijo que ella hacía que el 1 + 1 fue igual a 2. Muy bien dije, sin saber a dónde iba con todo esto. ¿Por qué los tienes secuestrados? Ella me dijo que los problemas de la Estrella del Este estaban aumentando. El fenómeno Causa-Efecto estaba despareciendo y necesitaban más Causa-Efecto. Después de estudiar a varios sujetos se dio cuenta de que la familia tenía la capacidad de producir la suficiente cantidad de Causa-Efecto como para llevarlo todo a la Estrella del Este. ¿Cómo sabía que ellos tenían semejante capacidad? Solo me dijo que dentro de ellos estaba la semilla que se usaba para hacer Causa-Efecto. ¿El alma? No digas estupideces, el alma no tiene nada que ver aquí. Ya te dije que yo no sé nada Dios y sus almas. Bueno, bueno. ¿Cómo les sacaras la semilla de Causa-Efecto? Muy fácil, fíjate bien. Movió su báculo mágico y los cuerpos comenzaron a temblar, a convulsionarse. Sus bocas comenzaron a desprenderse mientas salían burbujas blancas como la leche. Su cuerpo empezó a romperse como si fuese tela. La sangre salía a borbotones. Manchó el techo, las paredes, las ventanas y todo el suelo. Ella y yo nos manchamos de sangre. Después lo que quedó de cuerpo comenzó a hervir. Los órganos quedaron desparramados sobre la cama y ella caminó hacia donde estaban los intestinos y sacó una pequeña pelota verde. “Misión completada”, dijo. Una luz cegadora invadió la habitación y desapareció.


Yo me quedé sin entender que pasó. Escuché la voz de mi comandante: “No muevas ni un pelo, pendejo.” Sentí el cañón en la nuca. Me di cuenta que en la mano tenía un explosivo de corto alcance. No sé cómo llegó a mi mano. Dos disparates: el mundo se había vuelto loco.

Héctor Magaña

Héctor M. Magaña (Mexico) is the author of stories published in magazines (Los no letrados, Monolito, Noctunario, Revista Almiar, Elipsis) and literary reviews in magazines such as Criticismo. He has participated in the literary creation workshop of Fernanda Melchor. He is currently studying at the Faculty of Letters of the Universidad Veracruzana.

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